Sobrecarga: memorias de hace tres años
- Brenda Varela
- 13 nov 2025
- 2 Min. de lectura
El cuerpo recuerda de maneras extrañas. A veces guarda los episodios más oscuros como si hubieran ocurrido ayer. Este texto nació de uno de esos recuerdos:
2 de la mañana. El zumbido comienza en mis oídos y se expande hasta ocuparlo todo. Cada sonido se convierte en eco, repetido, deformado, hasta que el silencio mismo es un ruido insoportable. Una descarga eléctrica me baja desde la cabeza hasta la columna y me atraviesa como una tormenta.
El hormigueo me inunda, primero en las manos, después en las piernas, hasta envolver todo el cuerpo en un dolor sordo, inmóvil. Es como si alguien me presionara con fuerza, con saña, hasta borrar cualquier límite de la piel. El frío cala en los huesos, y el temblor no obedece a nada.
Respiro, pero el aire no alcanza. La cabeza late como si fuera a estallar. Y entonces llega el terror: no sé de qué, pero sé que es el fin. Una pesadilla que no se rompe al abrir los ojos, un encierro sin salida dentro de mi propia mente.
Distingo la figura a mi lado. Oigo su voz que intenta alcanzarme. Siento su mano aferrada a la mía, firme, insistente. Y, sin embargo, todo parece lejano, como si me llegara desde otra dimensión. La desesperanza me envuelve: la convicción de que esta tormenta no se detendrá jamás.
Cada segundo se dilata y se convierte en eternidad. El cuarto se reduce a esa penumbra, a ese zumbido, a ese miedo sin rostro. Quiero gritar, pero la voz se rompe antes de nacer. Quiero huir, pero el cuerpo no me responde. Solo queda esperar, atrapada en la oscuridad interior, contando un tiempo que ya no existe.





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