A finales de marzo de 2020, la pandemia dejó de ser ese fantasma que rondaba otros aeropuertos y se plantó en la puerta del hostal como si trajera reservación. Hasta entonces, todo ocurría “allá”: en Roma, en Nueva York, en ciudades que se sentían tan remotas como los mapas que las mostraban en rojo. Y sin que nadie lo notara, las mañanas empezaron a traer un leve desacomodo en el aire. Los voluntarios europeos desayunaban con noticias que les aflojaban el alma; revisaban sus teléfonos como quien espera que la realidad se disculpe y diga que todo fue un malentendido. Los huéspedes, antes orgullosos de viajar ligero, empezaron a cargar miedo en las mochilas. Mis hijos seguían jugando entre literas, ajenos a que el aire se había vuelto sospechoso.
Las calles de La Paz seguían brillando con ese sol que insiste en que todo está bien, aunque ya se rumoreaba de fronteras que se cerraban como portones de rancho, de aerolíneas cancelando vuelos “hasta nuevo aviso” y de hospitales en el mundo que parecían escenas de película. En las tiendas empezaron a desaparecer artículos absurdos y esenciales por igual: papel higiénico, alcohol, frijoles, calma. La gente caminaba rápido, como si el miedo también contagiara.
Miguel y yo fingíamos aplomo, aunque llevábamos tan poco de haber abierto que el hostal era más ilusión que negocio. El riesgo era doble: el flujo constante de viajeros que venían de países ya encendidos por dentro y, al mismo tiempo, la imposibilidad de sostener el lugar si cerrábamos de golpe. Las cuentas no cerraban, el futuro tampoco, y la palabra cuarentena se repetía como una mala broma contada a medias. Cada huésped era una ecuación sin solución inmediata: quedarse, irse, protegerlos, protegernos.
El 31 de marzo llegó la confirmación oficial: Baja California Sur entraba en emergencia sanitaria y las actividades no esenciales debían suspenderse. La noticia no cayó como sorpresa, sino como la culminación de un desconcierto que ya veníamos viviendo a sorbos. Era el anuncio que convertía las sospechas en un hecho, el golpe que hacía visible la fragilidad del negocio, de los viajeros y de nosotros mismos.
Cuando el cierre obligatorio se hizo efectivo, no sentí miedo, sino esa irrealidad que aparece cuando alguien aprieta “pausa” al mundo y tú quedas dentro de una escena mal iluminada. La ciudad empezó a vaciarse con una obediencia casi religiosa: solo se podía salir a lo básico, y lo básico ya no estaba tan claro.
Esa noche me quedé escuchando la calle vacía, tratando de entender en qué momento la vida se volvió un cuarto donde todos contenían la respiración. Afuera, la ciudad parecía detenida; adentro, nosotros también. Y lo surreal empezó a sentirse, peligrosamente, como la nueva normalidad.
Comentarios