Girl
- Brenda Varela
- 27 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Hay textos que uno traduce y otros que lo traducen a uno. Girl, de Jamaica Kincaid, pertenece a los segundos. Detrás de cada orden doméstica —lava, cocina, calla— había una isla entera tratando de decir algo más. Y para entenderla tuve que hacer lo que hace cualquier buen traductor: perderme un poco antes de empezar.
El relato está ambientado en Antigua y Barbuda, una antigua colonia británica en el Caribe oriental, y eso lo cambia todo. El inglés que se habla ahí no es el estándar, sino una mezcla de estructuras británicas con expresiones criollas. La voz que narra —una madre que da instrucciones a su hija— arrastra esa historia sin mencionarla.
El reto no estaba en las palabras, sino en todo lo que las sostenía. Era necesario comprender el trasfondo de una sociedad poscolonial donde la educación, la religión y el miedo al juicio social moldeaban la vida cotidiana. La madre no solo da órdenes: repite un sistema de valores heredado del colonialismo. Por eso su voz suena dura, insistente, a veces violenta, aunque también hay afecto. Su forma de amar está atravesada por la disciplina y la culpa.
El lenguaje cotidiano del texto me obligó a investigar casi cada línea. Benna, por ejemplo, no es un nombre inventado: es un género musical tradicional de Antigua, con letras sobre política y vida social. No lo traduje; lo dejé tal cual, con una nota al pie que explicara su sentido cultural. Dasheen, en cambio, es una raíz comestible que en el Caribe hispano se conoce como malanga. Okra se convirtió en quimbombó, y doukona —un postre a base de batata, coco y especias, envuelto en hojas de plátano— conservó su nombre original por su carga cultural y su fuerte arraigo en la gastronomía caribeña.
Incluso las tareas domésticas tenían historia. Cuando la madre dice que hay que lavar la ropa sobre una pila de piedras, no se trata de una metáfora: era una práctica común antes del uso de lavaderos. Lo mismo con la “tela con goma”; en realidad se refería al apresto, una sustancia que se usaba para endurecer las telas antes del planchado. Cada uno de esos detalles tuvo que verificarse para que la traducción no sonara “de museo”, sino viva, actual y cercana a la realidad que retrata.
Otro reto fue el ritmo. El texto original es una sola oración interminable, llena de punto y coma. Esa estructura refleja una voz que no se detiene, que da órdenes sin pausa. En español quise mantener esa cadencia, respetando el flujo sin volver el texto ilegible. Las dos frases de la hija, breves y defensivas, las dejé en cursivas, como en el original, para que el lector percibiera ese cambio de tono sin romper la continuidad.
También tuve que tomar decisiones con palabras difíciles. Slut, por ejemplo, no podía suavizarse. Elegí zorra, no por provocación, sino porque conserva el juicio moral y el desprecio social que la madre proyecta. Lo mismo con “cabeza descubierta” (bare-head), que en ese contexto funciona como una advertencia sobre modestia, no como un simple detalle físico.
Para este texto leí entrevistas con Jamaica Kincaid, estudios sobre el inglés caribeño y materiales sobre la vida doméstica durante la época colonial. Revisé mapas culinarios, expresiones idiomáticas y hasta costumbres religiosas de Antigua. Era imposible traducir sin entender el contexto que formaba esa voz.
La página puede parecer mínima, pero dentro lleva una historia completa: la de una sociedad, una lengua y una generación de mujeres que crecieron con la mirada del imperio sobre los hombros. Traducirla fue volver a oír esa mirada —sí, oírla— y entender que a veces una sola página basta para contener un mundo entero.





Comentarios