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Sobre el dolor y el duelo

  • Foto del escritor: Brenda Varela
    Brenda Varela
  • 26 feb
  • 3 Min. de lectura

Parte 1


¿Qué es el dolor, en realidad? ¿Por qué lo vivimos como una amenaza? ¿Por qué sentimos tanta urgencia por silenciarlo?


El dolor es una de las experiencias más universales que existen. No distingue edad, fe, nivel de madurez ni estabilidad emocional. Todos perdemos. Todos somos heridos. Todos atravesamos decepciones, traiciones, fracasos, cambios que no pedimos. Sin embargo, a veces vivimos como si el problema no fuera la pérdida en sí, sino la manera en que la sentimos. Como si existiera una forma correcta de doler. Como si hubiera un tiempo razonable para estar tristes, una intensidad apropiada, una versión más limpia y discreta del duelo que no incomode a nadie.


No nos dicen directamente que estamos defectuosos por sentir, pero el mensaje se instala poco a poco: si lloras demasiado, si te enojas, si tardas más de lo esperado, si no puedes “superarlo” con rapidez, algo en ti no está funcionando bien. Y cuando el dolor no es ordenado, cuando no es sereno, cuando no es espiritualmente elegante, empieza a incomodar. Porque el dolor desorganiza. Y no solo a quien lo vive.

El duelo visible obliga a los demás a confrontar sus propias heridas. Les recuerda pérdidas que quizá nunca procesaron. Los saca de la comodidad de pensar que todo está bajo control. Tal vez por eso existe una presión sutil para que el dolor sea manejable, contenido, sanitizado.


Con el tiempo, el mensaje se vuelve claro: el dolor es algo que hay que manejar bien. Y manejarlo bien suele significar manejarlo rápido. Pero quizá vale la pena preguntarnos algo más incómodo: ¿de dónde aprendimos esa idea? ¿Quién decidió que la fortaleza se parece a la imperturbabilidad?


En gran parte, nosotros mismos hemos contribuido a sostener esos modelos. Admiramos a quienes no se quiebran. A los que parecen no necesitar a nadie. A los que responden al dolor con distancia o con productividad. Aplaudimos la autosuficiencia y llamamos madurez al autocontrol permanente.

Hemos creado y reforzado una imagen de fortaleza que excluye la vulnerabilidad. Y luego nos medimos con ella.


Así, casi sin notarlo, empezamos a desconfiar de lo que nos desarma. Nos exigimos funcionar aunque algo por dentro esté roto. Intentamos ordenar demasiado pronto lo que necesita tiempo. Y cuando no logramos hacerlo, no solo sufrimos por la pérdida; también cargamos con la vergüenza de no estar manejándola “bien”.


Esa vergüenza deja una marca. Nos hace dudar de nuestra capacidad para atravesar lo que duele. Nos hace pensar que quizá no somos lo suficientemente fuertes. Tal vez por eso le tenemos tanto miedo. No solo duele lo que perdimos. Duele también la sensación de no saber si podremos sostener lo que viene con esa pérdida. Tememos que el dolor nos desborde, que nos cambie demasiado, que nos vuelva frágiles. Tememos perder el control. Tememos quedarnos atrapados en él.


Y entonces buscamos anestesia. A veces es literal, otras adopta formas más aceptables: hiperactividad, productividad constante, espiritualizarlo todo demasiado pronto, racionalizarlo, distraernos, mantenernos ocupados, decir que ya pasó cuando en realidad no es así.


Pero quizá el miedo no proviene del dolor en sí, sino de la soledad con la que lo enfrentamos. Nunca se nos enseñó que el duelo puede tener forma, que puede tener ritmo, que puede ser acompañado. Solo aprendimos a sobrevivirlo. Pero el dolor que no se integra no desaparece; se transforma en otra cosa.




 

 
 
 

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Acerca de Brenda

Traductora literaria y editorial
(inglés ↔ español)

Especializada en textos literarios, reflexivos y de fe, con un oficio lingüístico afinado, una mirada cultural amplia y formación en Letras Hispánicas.

Contacto

La Paz, Baja California Sur, México

+52 612 253 5144


bvarela@crafting-words.com


Miembro de AMETLI – Asociación Mexicana de Traductores Literarios

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