Las aventuras de una traductora (Parte II): La danza de las palabras
- Brenda Varela
- 26 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 27 nov 2025
Vuelvo al documento. El cursor parpadea sobre la primera línea como si esperara una señal. No es la primera vez que empiezo un texto, pero cada inicio tiene algo de vértigo. Respiro, releo el párrafo en inglés y dejo que las palabras se acomoden en mi mente, buscando su eco en español.
Traducir parece sencillo hasta que intento que suene como debería. El inglés es directo, compacto, como una piedra pulida. El español, en cambio, necesita aire. Requiere espacio para respirar, para estirarse sin perder sentido.
La primera frase nunca queda perfecta. Avanzo y retrocedo, cambio un verbo, elimino un adjetivo, leo en voz alta. A veces basta una palabra para alterar el ritmo completo. Pero en medio de esa búsqueda, el texto empieza a responder. De pronto, una oración fluye, y sé que por ahí va el camino.
No traduzco palabra por palabra; traduzco lo que escucho detrás de ellas. El tono, la intención, el pulso. Hay autores que escriben con ritmo de conversación y otros que piensan en párrafos. Algunos se confían al silencio; otros llenan los huecos con giros y pausas. Todo eso cambia el modo en que el texto suena cuando pasa al español.
Cada decisión es un pequeño equilibrio entre fidelidad y fluidez. A veces elijo mantener una estructura; otras, la dejo ir para que la idea respire. No se trata de copiar, sino de trasladar la vida del texto a otro cuerpo.
Hay un momento en que todo encaja. El párrafo suena natural, como si siempre hubiera existido en español. Ese instante breve, casi imperceptible, me confirma que el texto ya cruzó de idioma.
Entonces sigo. Traducir se vuelve casi un diálogo. El texto propone, yo respondo.





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