El asunto con el silencio
- Brenda Varela
- 20 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 26 nov 2025
Nunca he entendido por qué estar callado despierta tanta sospecha. Basta con no llenar el aire de palabras para que alguien decida que uno es raro, tímido o, peor aún, introvertido. Como si callar necesitara explicación, como si pensar antes de hablar fuera un comportamiento sospechoso. En realidad, no es que los introvertidos seamos enemigos de la conversación; solo preferimos que tenga sentido. A veces no se trata de timidez, sino de espacio: de dejar que las palabras lleguen cuando están listas.
El ruido, en cambio, goza de buena fama: las voces fuertes, las risas que llenan el espacio, las historias contadas con exageración heroica. Resulta curioso cómo algunos convierten su vida en espectáculo permanente. No lo digo con desprecio, sino con cierto asombro: qué energía tan admirable para sostener un personaje a diario.
Tampoco decir todo lo que se piensa sin filtro es una virtud. No todo impulso merece micrófono. El silencio, en cambio, tiene puntería: enseña que las palabras valen más cuando no sobran.
Qué rico es mirar sin necesidad de participar del espectáculo. No porque falte interés, sino porque el ruido distrae del argumento principal. Desde esa orilla se ven los gestos pequeños, los cambios de tono, las contradicciones que el bullicio suele tapar. Es un punto de vista más silencioso, pero también más nítido.
Muchos piensan que el silencio es vacío, cuando en realidad es una habitación amplia, llena de cosas que solo aparecen cuando nadie habla. Ahí florecen las ideas, los recuerdos, las conexiones. En ese espacio interior ocurren conversaciones que nunca llegarían al escenario. No hay aplausos, pero sí comprensión: esa que no se anuncia con palabras, sino con presencia.
No se trata de huir del mundo, sino de habitarlo con otro ritmo. Mientras unos coleccionan experiencias como trofeos, otros prefieren guardarlas como huellas. El mundo exterior es fascinante, pero el interior también tiene paisajes, y a veces más profundos. Conviene no confundir la calma con desinterés. Tal vez el silencio no sea una pared entre personas, sino una puerta que muchos aún no se atreven a abrir.





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